WENA WENA PROFE – 2025

ZYON

noviembre 14, 2025
Wena profe de la gente humana
Relato sobre la relación entre un profe y su estudiante, quien a lo largo de los años se convierte en más que un estudiante, sino en un cercano. Se reflexiona sobre la dinámica de la enseñanza y el vínculo con los estudiantes, cómo las cosas no se dan de acuerdo a nuestros planes, más bien, a los planes de los propios estudiantes.

El Profe y Gabriel

Hay algo que siempre decimos los profes. Algo que todos sabemos que es mentira, pero que vendemos como si fuera la gran verdad. «No tenemos estudiante favorito”. Pero, ¿quién no tiene un favorito? Todos los profesores lo saben. Y yo, profe jefe de un cuarto medio, también tengo los míos. Y uno en particular, se llama Gabriel.

Lo conocí en primero medio, un cabro bien pavo, cara de pajero, pero cuando se nota que bajo la superficie hay algo más. No era mal estudiante ni un genio. Un cabro común. Y claro, con el tiempo nos empezamos a llevar bien, a ratos más allá de lo que dictan los protocolos. Pero tampoco es que crea que debe existir una distancia entre los cabros y los profes.

Recuerdo las primeras conversaciones, solo trataban de la conquista de chile y pueblos precolombinos. Hoy ya en cuarto medio, hablábamos de fútbol, de nuestras familias, de qué hacer con la vida, mientras escuchamos Sol y Lluvia, Los Jaivas, Illapu. Ya no era solo un estudia para mí, se había convertido en algo parecido a un amigo. Un amigo que, en algún momento, me empezó a contar sus penas de amor, sus angustias adolescentes, esos dramas de los que todos hemos pasado a esa edad. A veces me reía y otras veces, en serio, no sabía qué responder. Pero lo que más me gustaba de él era su respeto. Nada de esos chicos pasados para la punta, nunca se olvidaba que yo era su profe.

En el paseo de fin de año cuando terminaron cuarto medio, compartimos. Estábamos ahí, entre risas y chelas. Gabriel, medio curao, me soltó algo que nunca me esperé. «Profe», me dijo, «usted es mi inspiración. Yo quiero ser profe de historia también».

Dio su PAES, entró Pedagogía en Historia. Me mandó un correo electrónico, para contarme que había quedado.

De Profe a Profe

Han pasado 10 años desde que Gabriel se fue. Perdí la huella de él, como a tantos otros que pasaron por mi sala. A veces me acuerdo de esos momentos en que nos sentábamos a escuchar música, a hablar de cualquier cosa. La vida siguió su curso. Supe que terminó la carrera, que se fue al sur a vivir, pero después no supe más.

Hasta que un día, me llega un correo. Nada raro. Casi todos los días tengo correos. Pero al ver el asunto del correo, me quedé pegado. Decía: “wena wena profe”.  Y ahí estaba, Gabriel. Hablando de la vida, de lo que había sido ser profe. “No ha sido como esperaba”, me dijo, como si me estuviera contando un secreto que solo él sabía. Me hablaba de la frustración que conlleva esta hermosa, pero caótica profesión.

Me contó que, a pesar de todo, siempre soñó con tener un estudiante con el que pudiera ser partner, como lo fuimos nosotros. Y me decía, que después de diez años, yo seguía siendo su referente. Yo, el viejo profe de historia que a veces se sentía más perdido que sus estudiantes.

Lo que más me chocó fue leer que todo lo que yo le había dicho, de ser respetuoso, tener buena voluntad, esas frases que a veces no sé si decirlas en serio o solo por llenar el vacío de la clase, le habían servido. En ese lugar nuevo donde estaba ahora, donde decía que siempre lo valoraban por eso. Y que esa forma de ser, ese respeto, era algo que él había aprendido de mí.

No lo podía creer. Gabriel, el cabro que me pedía consejos sobre qué hacer con su vida, ahora me estaba diciendo que todo lo que le había contado le había servido. Y que, sobre todo, me agradecía por creer en él cuando nadie lo hacía, por escucharlo cuando no había nadie más que lo hiciera, por respetarlo cuando ni él mismo se respetaba.

A medida que leía esas palabras, se me llenaron los ojos de lágrimas. ¿Cómo? ¿Un correo electrónico que llegó a mi corazón como un golpe? Nunca me imaginé que algo así pudiera pasar. Yo, que pensaba que solo era otro profe más, que quizás no importaba tanto. Y sin embargo, ese cabro, me estaba diciendo que algo de lo que hice había marcado la diferencia.

No pude evitar escribirle de vuelta. No fue una respuesta pensada ni elaborada. Solo unas pocas líneas. Le dije que me alegraba mucho saber de él, que me llenaba de orgullo. Le propuse que nos pusiéramos de acuerdo para vernos, para tomarnos unas chelas como antes. Ya no éramos el profe y el estudiante, éramos colegas. Podríamos compartir las mismas penas, las mismas alegrías.

El correo me llegó una semana después. Pensé que todo se había resuelto. Que íbamos a vernos, a tomarnos esas cervezas, a ponernos al día. Y, sin embargo, lo que vino después no fue lo que esperaba. Gabriel me escribió con una sinceridad tan cruda que, por un segundo, me quedé sin palabras.

“Profe, muchas gracias por tu respuesta. Me llena de corazón saber que te alegraste. De verdad, me hace bien. Pero te voy a ser honesto. Ahora mismo no puedo salir. Estoy en un centro de rehabilitación”.

Me quedé helado. No lo entendí al principio. Estaba esperando algo más, alguna explicación, pero lo que vino después fue directo, sin filtro, sin adornos.

“La vida, profe, me jugó la peor de las jugadas. Durante todos esos años, cuando no tuve a nadie, me refugié en lo más fácil. Drogas, alcohol, todo lo que me ayudaba a olvidar. Pero ahora, que estoy en este lugar, que estoy en proceso de ‘limpieza’, fue cuando sentí ese vacío emocional. Me di cuenta que siempre hubo alguien en quien pude confiar, alguien que me creyó cuando nadie más lo hacía. Ese alguien fuiste tú, profe. Siempre fuiste mi referente. Y es por eso que quiero agradecerte, más allá de todo. Ahora, cuando salga, espero que podamos vernos, pero no con unas chelas. No, profe, más bien con un abrazo. Un abrazo de cariño, de un profesor amigo que, a pesar de todo, nunca me dio la espalda”.

Y entendí que ser profesor no es enseñar historia, sino ser parte de la historia de alguien.

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