DÍA DEL PROFE Y EL ECO DE LA VOCACIÓN – 2025

ZYON

noviembre 14, 2025
DÍA DEL PROFE Y EL ECO DE LA VOCACIÓN
En "Día del Profe y el Eco de la Vocación", un profesor reflexiona sobre el Día del Profesor, qué pasa después de tantos años en esta hermosa profesión, preguntándose si su labor realmente marca la diferencia.

ES HOY, ES HOY, EL DÍA DEL PROFE.

Me desperté antes que sonara el despertador. No sé si por costumbre o porque, a pesar de los años, todavía me queda mucho entusiasmo por esta profesión. Hoy es un día especial, es nuestro día. El Día de l@s Profes, y no sé, tenía esa sensación de que sería buen día.

Me afeité con cuidadito para no llegar con cortes en la cara, me puse mi mejor pilcha, y hasta le pasé un pañito a los zapatos. Miré el espejo y me vi algo cansado, pero contento. Pensé en mis cabr@s, en sus tallas, en las veces que me han dicho “profe, usted es bacán”. Eso te llena.

No tengo jefatura este año. Me la quitaron porque, según el jefe técnico, “era bueno que rotáramos responsabilidades”. Así que sabía que no iba a tener curso que me esperara con pancartas de feliz día. Pero aun así, algo dentro de mí me decía que hoy me iban a sorprender. Siempre hay alguien que se acuerda, ex estudiantes, ex apoderad@s, aunque sea por Facebook con un “feliz día, profe querido” y una imagen motivacional.

Llegué temprano al colegio. Entré con una sonrisa, saludando a l@s asistentes, a l@s chiquill@s que ya andaban corriendo por los pasillos. Nadie ni un “feliz día” de vuelta. Nada. Solo un par de miradas rápidas, como si yo fuera parte del mobiliario.

En la sala de profesores me serví un cafecito. Algun@s colegas hablaban entre ell@s, otr@s metidos en el celu. Nadie parecía recordar qué día era. Traté de disimular el vacío con humor. Dije en voz alta, medio en broma, “¿y dónde está mi regalo?”. Nadie pescó. Un par de risas por compromiso. Y ya. De a poco tod@s se fueron a sus salas. Cada profe con su curso, sus estudiantes alegres, con sus regalitos improvisados. A mí me tocó quedarme solo en la sala de profes.

Mientras escuchaba las risas a lo lejos, el canto de l@s niñ@s, aplausos, discursos del director, sentí una punzada en el pecho. Una mezcla de tristeza y rabia, más tristeza que rabia eso sí. Pensé en todos los años que llevo en esto. En los sacrificios, en los recreos corrigiendo pruebas, en las reuniones eternas, en los abrazos sinceros de algun@s cabr@s que uno logra salvar. Todo eso y pensé, “¿para qué?”

Afuera, una profesora sacaba fotos con su curso. L@s niñ@s la abrazaban, le regalaban tazones, tarjetas, cartas con dibujos. Y yo ahí, mirando desde lejos, sintiéndome un fantasma. A la hora del almuerzo, nadie me dijo nada. Ni un saludo. Ni una mirada. Ni un “feliz día”. Comí solo, con audífonos escuchando el Podcast de Pedagogía Sucia, la voz grabada de los colegas, reemplazaba de alguna manera el cariño que nadie me dio en vivo. 

En algún momento pensé en irme. Decir que me sentía mal, inventar un dolor de cabeza. Pero no. Me quedé. Tal vez por orgullo, tal vez por masoquismo. Cuando terminó la jornada, el director hizo un pequeño discurso por el micrófono. Agradeció a “tod@s l@s profes por su entrega y compromiso”. Aplaudieron todos, menos yo. No por resentimiento, sino porque no me nacía.

¿FELIZ DÍA PROFE?

Salí del colegio. El aire olía a primavera, pero yo sentía invierno por dentro. En el paradero vi pasar a un grupo de mis estudiantes. Me gritan “Chao profe, pásela bien”. Fue lo más cercano a un “saludo por el día del profe”. Ahí me llegó el bajón. Todo lo que uno da, todo lo que uno intenta sembrar, parece que al final se evapora. Uno se convence de que está formando personas, cuando en realidad solo estamos sobreviviendo.

En el trayecto de vuelta, el micro se demoró más de lo habitual. Me quedé mirando por la ventana, viendo pasar las casas, los cerros, los perros callejeros durmiendo al sol. Pensé en dejar todo. En que quizás enseñar era una forma elegante de ir muriéndose de a poco. De aceptar que el cariño en la educación dura lo mismo que un aplauso, unos segundos y después el silencio.

Llegué a casa. Abrí la puerta despacio. Y justo ahí me llegó el golpe.

Mis hijos corrieron hacia mí gritando “¡feliz día, profe papá!”. La casa estaba con globos, y una cartel grande que decía “FELIZ DÍA AL MEJOR PROFE”, con la mesa puesta, la radio sonando bajito con “estas son las mañanitas”. Mi pareja me abrazó, con esa mirada que te dice “te entiendo, aunque no digas nada”.

No sé si fue el cansancio o la emoción, pero me quebré. Lloré de emoción, mientras mi hijo menor me mostraba una cartulina llena de dibujos, con frases verdaderas.

Esa noche entendí algo que en la universidad nunca me enseñaron. La verdadera educación no está en los diplomas, ni en los discursos, ni en las salas con murales coloridos. Está en el amor que uno siembra. En los abrazos sinceros, en las risas improvisadas, en esos gestos pequeños que te devuelven la fe.

Y mientras comíamos completos con mayo casera, pensé que quizás sí valía la pena seguir enseñando. Aunque el mundo allá afuera no lo vea. Aunque el colegio se olvide. Porque, al final, los verdaderos aprendices somos tod@s y nuestra maestra es la vida.

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