Era otro día en la escuela, y de esos días en los que el reloj parece moverse como un tanque a pedales. No podía más, entre papeles y cartas sobre mi escritorio. La clase avanzaba, pero no en la dirección correcta. Los niños estaban completamente fuera de control, hablando, gritando, haciendo de todo menos escuchar. Lo único que deseaba en ese momento era que sonara el timbre, que el recreo me liberara. Pensaba una y otra vez en renunciar, ¿Por qué no lo había hecho ya?, bueno viajecito a Brasil con la tarjeta Falabella, tenía que pagarlo, al fin y al cabo, lo tomado y bailado valió la pena.
Al fin, el timbre sonó, los niños saltaron hacia la puerta. Yo, más que aliviada, me preparé para salir, casi corriendo como ellos. Pero, aunque quería huir con la misma prisa, sabía que debía esperar a que todos salieran primero. La puerta se cerró tras el último estudiante y, comencé a caminar hacia la sala de profes ya saboreando mi mate.
Pero justo cuando cruzaba el umbral del pasillo, me di cuenta de que había olvidado dejar la puerta de la sala con llave. Regresé rapidito, al entrar en la sala, algo llamó mi atención. Sobre mi escritorio, una carta algo cochina, e incluso con faltas de ortografía decía “tía nesesito de desirle esto”. Al tomar la carta entre mis manos, sentí una extraña mezcla de curiosidad y temor. El papel era de un color amarillo pálido, y la escritura, aunque difícil de leer por las faltas de ortografía, tenía algo que me hizo detenerme.
Las letras eran grandes, un poco desordenadas, como si la niña que había escrito se hubiera esforzado mucho en cada palabra. La lectura fue lenta, pero pude entender cada línea, y decía:
¿Qué decía la carta?
«Tía Rayen, gracias por ser tan linda conmigo, por sonreírme siempre cuando me siento sola. Yo sé que a los demás no les importo, incluso siento como muchos me miran feo, pero ud. siempre me mira con cariño y me hace sentir bien. Yo no le he contado a nadie, pero siento miedo, y siento que no puedo compartir este temor con nadie, por miedo a lo que pueda pasar si lo cuento.
Pero quería que usted supiera que hay una persona que me acosa aquí en la escuela y tengo miedo que esto pase a mayores, cuando me abraza y me toca, quedo congelada, si algo me pasara, quiero que al menos usted lo sepa, para que tenga cuidado Tía.”
Mi corazón se detuvo por un momento. Me quedé mirando esas palabras, y mis lagrimas mojaban el papel. Esa carta no eran solo simples frases, era un grito silencioso de ayuda. El peso de la carta se hizo aún más pesado en mis manos. Sin saber a quién debía intentar ayudar, proteger. Pero no podía imaginar que algo tan oscuro estuviera ocurriendo en su vida, mi curso es un octavo básico, niñas sufriendo en las manos de un weón enfermo y loco.
En mi desesperación, lo conversé con la psicóloga de la escuela. Ella me recomendó dejar una carta sobre el escritorio, quizás la víctima volvería para leerla. El único consejo que me dio fue: «Háblale con el corazón». Eso me hizo sentir aún peor, porque mi corazón estaba desbordado de miedo y rabia por lo que una de mis pequeñas estaba viviendo. Lo único que pude escribir fue: “Sé fuerte, y si te faltan fuerzas, yo estoy aquí para apoyarte en todo lo que necesites.”
Pasaron dos semanas de esta situación, y cada día me sentía más agobiada, más impotente. Un día, suena la campana, y nos convocan a todo el equipo de funcionarios, docentes y asistentes de la educación. Nos informan que la PDI había llegado por una denuncia de abuso sexual. Pensé, al fin se destapó esto, gracias a Dios, ¿quién será? ¿será un apoderado?, ¿será un profesor?, ¿uno de los niños?, cuando sigue explicando el inspector general nos dice:
El acusado por abuso sexual es el director hacia la tía del aseo, y ella ahora está con licencia médica. El director debe responder frente a la justicia por sus acciones, así que será suspendido del cargo mientras dure la investigación.
En ese momento, me llega un mensaje de WhatsApp. Era la tía del aseo, y su mensaje decía: “Gracias, Tía Rayen, sin su apoyo no hubiera podido tener las fuerzas para denunciar. Gracias por creer en mí”. Ahí entendí quién me enviaba las cartas. No era una de las niñas de mi curso, era la tía del aseo, pero una niña emocionalmente desesperada, atrapada en las manos de un cobarde enfermo que, aprovechándose de su ‘carguito de poder’, la sometía. El maldito asqueroso.
Ese día también comprendí algo más: en la escuela todos hablamos de cuidar a los niños, pero a veces olvidamos que los adultos también pueden estar quebrados por dentro, igual de frágiles, igual de indefensos. La tía del aseo siempre fue invisible para muchos, limpiaba, barría, y parecía que no estaba. Y, sin embargo, fue ella quien escribió como una niña buscando auxilio.
Desde entonces, cada vez que entro a la sala, me pregunto cuántas cartas mudas seguirán escondidas, esperando a que alguien las lea…





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